Intentamos gobernar nuestras vidas desde nuestra piel, sin pararnos a pensar en nuestros pies, y en lo que bajo ellos se esconde.
Sentimos desde fuera y no hacia fuera, vivimos para nadie y para todo, pero, para nada y seguimos en pie sin saber gracias a que.
Me dijeron que el camino es duro y largo, pero no me dijeron hacia donde llevaban, porque ni ellos mismo lo sabían, así que me senté entre un parpadeo y un bostezo y pensé antes de dar el primer paso.
Comencé a descubrir que a mi alrededor había vida, y de repente un dolor agudo me atravesó de lado a lado sin aviso. Me revolví, comencé a correr sin rumbo, me retorcí en el suelo, me hice una bola y procuré no moverme, pero nada calmaba ese ardiente dolor que abrasaba mis entrañas desde que comencé a escuchar a mi alrededor.
EL miedo se apoderó de mi y pensé en rendirme, pero un viento proveniente de todos los lugares calmó un poco mi agonía y me hizo dar un brinco y comenzar muy lentamente a andar.
Según mis pies se llenaban de polvo y mis pasos quedaban impresos en el camino recorrido, una voz se iba entendiendo cada vez con más claridad entre el insoportable ruido del silencio.
-Soy yo-, escuché. Esa voz se fue haciendo más fuerte y más fuerte, me hizo sentir mareada, rodeada de un abismo en el que los gritos, gemidos y dolor, no cesaban de bailar agónicamente a mi alrededor.
Caí desconsolada al suelo, reteniendo mis lágrimas bajo mis ojos que permanecían cerrados por miedo a ver fuera de mi.
Y en un segundo que pareció eterno, dejé de ser dueña de mi, perdí el conocimiento, yací en el suelo que se había tornado frío tras esa tormenta de voces mudas frías como el dolor que se arrastra cuando dices adiós y comienzas a caminar dejando atrás e ignorando parte de ti.
...............................................................................continuará...............................................................