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¿Quién necesita principios cuando se trata de supervivencia?
Tratamos de esconder nuestro verdadero ser tras máscaras con nombres como la honradez, honestidad, fidelidad… falacias de nosotros mismos al fin y al cabo.
Se nace con una forma de ser impresa en nuestro ADN y por mucho que intentemos cambiar, lo más cerca que estamos de algo un poco mejor de nosotros mismos en puliendo pequeños detalles forjados a base de acostumbrarnos al nuevo rol de vida. Pero nada más lejos de la realidad.
Mentira;
Quien mintió desde la cuna, no deja de mentir de una día para otro, simplemente aprende a camuflarlo, matiza su “don” hasta que llega a ser imperceptible ante los ojos de los demás.
Tacañería;
Estos sujetos no dejan jamás de querer más para ellos mismos. Si nos parece que si generosidad se desborda, quizás sea porque detrás de esta glamurosa actuación, realmente ansíen otra cosa, inmedible a nivel tangible (prestigio, poder, aceptación).
Infidelidad;
Tema delicado dónde los haya, pues en este caso, si no vuelven a serlo en la práctica, su mente ebullirá de pensamientos impuros que desembocarán en una infatigable actividad entre su mano y si mente.
Miedo:
Es irreal pensar que el cobarde tornó en valiente a la velocidad del rayo, simplemente, puede que su miedo a la reacción pública se encargue de realizar por el alguna proeza. Aun así seguirán temiéndose a si mismos más que a otra cosa en el mundo.
Pero hay un tipo de miedo que supera los demás;
Miedo al dolor;
Las personas que sufren de miedo al dolor, están marcadas de por vida. Y no me refiero a un dolor físico, sino al dolor que se siente con un no, con una mala obra o con un dolor intenso en el corazón, manifestación de habérsele entregado a alguien que lo ha destruido.
Me detendré un poco más en describir a estas pobres víctimas de si mismas, que jamás gozarán de verdad.
Hay dos tipos de personas;
Las que intentan distanciarse de la humanidad dando un trato infra humano a los demás, procuran engrandecerse a si mismos a costa de humillar a los demás. Se divierten haciendo verdaderas gymcanas socio-personales con las personas de su alrededor. Y el único momento de disfrute en sus vidas es al ver los destrozos que colman su alrededor.
Y los que entregan apasionadamente cada segundo de su vida por el resto, haciéndolos sentir especiales, procurando alagarles, pero eso sí sin implicarse emocionalmente, parece que si, pero muy lejos ese gesto desinteresado y apasionado, se esa persona que jamás pondrá realmente sus carnes en el asador por nada, ya sea pareja, trabajo, estudios, amigos… Puede parecer que hacen verdaderas locuras por los demás pero al final, cuando ven en peligro su integridad sentimental o intuyen comenzar a implicarse en algún asunto, estas personas desaparecen dejando tras de sí una espesa niebla que rezuma astucia. Hay que tener verdadero cuidado con estos individuos, pues el nivel de adictiva adrenalina que causan en los demás al mostrarles ese lado ficticio de entrega puede llegar a producir insomnio, dolores de cabeza, angustia, dolores de corazón y depresión. Pueden confundirse con personas de escasa maduración, con niños, con dementes, dar la sensación de que realmente no saben lo que quieren, pero en realidad son unos de los más peligrosos sociópatas, que buscan desesperadamente algo o alguien donde agarrarse hasta el momento en que les vuelva a entrar el miedo.
Realmente, estas personas son sus propias víctimas, pues a diferencia de los anteriores, los cuales adquieren un verdadero subidón de testosterona, estos jamás llegan a disfrutar de absolutamente nada en su vida pues ellos mismos se encargan de destruir sus ilusiones milisegundos antes de que estas se den por satisfechas.
Esto no quiere decir que todos tengamos que ser malos, es simplemente cuestión de grados. Y aún los malos tiene lados muy positivos.
Podemos torturarnos procurando darle a entender a la gente que hemos cambiado, Pero al final siempre acabamos siendo quienes somos.
La única manera de acabar con ese pedacito de nitroglicerina que se alberga en nuestro interior es matarnos a nosotros mismo y resurgir de nuestras cenizas. Y sólo el amor es el arma perfecta que consigue deshidratar nuestros miedos. Pero para ello es necesario dejarse amar.